////// Año IXº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

lunes, 14 de septiembre de 2015

ESCRITOR X ESCRITOR - Hoy: Louis Ferdinand Céline x René Barjavel



ESCRITOR POR ESCRITOR


Aunque más no fuera por alentar o sostener o cuando menos celebrar esa magnífica fraternidad fuera del tiempo y del espacio que suscita la escritura entre escritores, aquí El Martiyo presenta esta sección que fija, recorta y comparte, en fragmentos preciosos, pedacitos de ese platónico amor de verdad desinteresado, de verdad espiritual, de verdad eterno… de verdad amor.
Escritor x escritor, es una sección, como Destellos Ajenos, inmejorablemente escrita porque la escriben los mejores, sólo que aquí los unos elevan a los otros elevándose así en prueba de una generosidad como la que soñaba don Antonio Machado, cuando “la monedita del alma, se pierde si no se da”.


ESCRITOR x ESCRITOR


Hoy: Louis Ferdinand Céline x René Barjavel


L. F. Céline



"Para mí, en el siglo XX, no hay hasta ahora sino un innovador, que es Ferdinand. Un solo escritor incluso. Espero que no te ofendas. Está tan por encima de nosotros. Que lo torturen y persigan es normal. Es espantoso decirlo, siendo como es un hombre vivo, pero, al mismo tiempo, por su grandeza no se puede por menos de considerarlo fuera del tiempo y de las contingencias que lo aplastan. Estoy profundamente convencido de que cuanto más grande es un hombre, más se expone a que lo maltraten todos. La tranquilidad es sólo para los mediocres, los que se confunden con la multitud. Céline desea volver a París o a Francia, y tu haces todo lo que puedes para ayudarlo, pero ten en cuenta esto: dondequiera que esté, lo perseguirán. Su deseo de encontrar la paz en un sitio distinto de donde está, no es sino un sueño. No va a encontrar la paz en ninguna parte. Lo perseguirán hasta la muerte, dondequiera que vaya. Y él lo sabe perfectamente. Y no lo puede evitar, ni nosotros tampoco. Lo único que podemos hacer es proclamar en todas las ocasiones, que es el más grande, e incluso al hacerlo, atraemos sobre él los odios decuplicados de los pequeños, los mediocres, los castrados, todos los que se mueren de odio envidioso en cuanto les levantan la cabeza para mostrarles las cimas. Son la multitud.”


(Fragmento de una carta dirigida al escritor Albert Paraz)


René Barjavel



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domingo, 13 de septiembre de 2015

EL MUNDO EN GUERRA O LA GUERRA DEL MUNDO...


No hay un número exacto de la cantidad de conflictos bélicos que soporta el mundo en la actualidad. Las estimaciones van de 22 a más de 80, según la ferocidad, o sea, la cantidad de víctimas. Algunas son guerras con varias décadas en marcha, otras recién comienzan pero prometen. Todas tienen su coartada romántica y su móvil económico. Detalles, analogías y coincidencias, hacen de este presente un pasado difícil de creer en el futuro.


LA GUERRA DE TODAS LAS GUERRAS



A nosotros no porque no nos importa, pero a los historiadores de un futuro más o menos cercano les costará explicar este presente, y acaso recuerden nuestros días como los tiempos de la Gran Guerra Mundial o la Guerra de todas las guerras o la Guerra Global o algo por el estilo, y entonces las dos famosas contiendas del siglo pasado cobrarán su verdadera dimensión de guerras internacionales, multinacionales, pero no mundiales, porque guerra mundial es esto: cuando todo el mundo está en guerra, y el que no también se jode.
Buscamos el número exacto, pero hay demasiados números y ninguno actualizado. Las cifras que intentan precisar los conflictos bélicos en marcha van de 22 a 83. Los muertos se cuentan por millones, pero la cantidad exacta es inasible como el viento, porque corre y no para de correr. Los desplazados, los refugiados, también son lógicamente cada día más.
A la hora de estudiarnos para comprenderse, las generaciones por venir advertirán que todos estos conflictos actuales tuvieron su correspondiente coartada romántica, moral, patriótica, justiciera y/o religiosa, o todas o varias a la vez. Pero que los móviles reales fueron siempre económicos. En todos los casos.
Otra característica que aúna y distingue las muchas guerras en trámite, es que en todas, franca o soterradamente, participan las grandes potencias de la hora, y sin embargo todas a su vez mantienen sus propios territorios en paz. O en la relativa paz que les corresponde a los promotores de las guerras.
A nosotros, hoy, no nos importa, pero los profesores de historias de nuestros nietos o sus hijos, tendrán serias dificultades para convencer a sus alumnos de la verosimilitud de estos días. Así como nosotros, hoy, nos resistimos a creer, por ejemplo, en los tiempos de los dioses griegos, y quién te dice…
Porque hay detalles fantásticos. Sobre todo si se recuerda las predicciones de los grandes habladores del pasado reciente, que en los albores de la era atómica y otras posibilidades de la destrucción masiva, se animaron a predecir muy compadritos que las guerras del futuro serían breves, certeras y fulminantes como rayos hechos a mano. Pero el futuro llegó y se les cagó de risa en la cara.
De estos conflictos “modernos”, algunos llevan sangrando ya más de medio siglo y miles y cientos de miles y millones de muertos inocentes, o daños colaterales, como también gustan decir aquellos decidores.
Colombia está en guerra desde 1964, por ejemplo. Filipinas desde 1969, y a falta de un conflicto tiene dos. Pero le supera la India, que tiene cuatro, aunque empezó dos años antes, en 1967. Cifras de muertos, militares y civiles, hay muchas. Pero los muertos son incontables porque todos estos conflictos están en marcha, y así el minuto a minuto se hace imposible.
También están en pleno desarrollo y evolución las guerras de Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Chechenia, Libia, Yemen, Ucrania, Sudán, Birmania, Tailandia, Israel y Palestina, República Centro Africana, República Democrática del Congo, Nigeria, Eritrea, Sri Lanka, Uganda, Ruanda, Chad, Mali, Etiopía, Sudán, entre otras… si esto no es la guerra mundial, global o algo así…
Una de las más difíciles de contar –de creer- mañana, será, quizá, la guerra del Congo, o de Zaire, o la Guerra Mundial Africana, como también le llamaron porque llegaron a participar en ella once países de la región. Tuvo muchos nombres: Gran Guerra Africana, Segunda Guerra del Congo (porque ya habían armado otra, cuando al Congo le decíamos Zaire), pero por muchos nombres que le pusieron, nadie la creyó nunca el todo. De hecho, dirán los libros, sus propios contemporáneos dejaron de creer en ella y la dieron por terminada en 2002. Pero en 2015, trece años después, los muertos seguían lloviendo y la ONG Médicos Sin Fronteras denunciaba más de 60 grupos armados en operaciones, muchos de ellos financiados por países vecinos que a su vez reciben apoyo de otros países ya no tan vecinos, pero igualmente amables.
En esta guerra de escasa prensa también hay muchos números de muertos, y aún más muertos que números. Las cifras van de los 4 a los 6 millones de personas, pero lo curioso es que sólo 500 mil cayeron en combate. Las otras, los otros millones, murieron de hambre o de sed, por enfermedades, falta de atención médica y saneamiento básico, y otras consecuencias típicas de casi dos décadas de muerte y destrucción.
Los razones étnicas y políticas para semejante carnicería, son varias.
Los motivos también son varios, entre otros: cobalto, cobre, oro, diamantes y coltán, un mineral del cual el Congo posee el 80 por ciento de las reservas mundiales, y sin cuya participación este blog y su pantallita y nuestros celulares y todo esto sería imposible. Tecnología de punta y barbarie medieval. En el futuro nadie podrá creerlo.
Hablando de refugiados, el Congo, con su guerra tan calladita, ya produjo más de 3 millones. Parece mucho, pero no tanto si se considera que el conflicto lleva casi dos décadas, y que Siria con menos de un lustro ya le gana por un millón. Tiempo al tiempo.
Otro detalle que por suerte no podrán creer nuestros nietos o biznietos, es que de los hoy técnicamente incontables países en guerra, 22 de ellos utilizan niños en sus ejércitos. A ellos sí UNICEF pudo contarlos, acaso porque se trate de los únicos privilegiados.
En todo –y sólo- el África, hoy, la ONU estima en cien mil el número redondito de los niños-soldado. (Niños o niñas, en todo sentido para el caso es lo mismo).
La guerra invisible del Congo es acaso donde más se lucen. Durante la breve tregua de 2003 30 mil menores de quince años fueron desmovilizados, y actualmente se estima que unos siete mil chicos siguen en combate. Es una suerte que sea invisible.
Pero más allá del número preciso, 22, 83, 50 o 100, producto de esta guerra hecha de muchas guerras, según el ACNUR –la agencia para refugiados de las Naciones Unidos-, la cantidad actual de personas desplazadas en el mundo es ya de 62 millones.
Sesenta y dos millones.
Toda Francia, una Argentina y media, diez veces Grecia.
Y cada día que pasa 45 mil personas más deben dejar sus casas espantadas por alguna de estas guerras.  
No son estadísticas ni porcentajes, índices o proporciones. Son personas y sucesos que hoy ni siquiera nos importan pero que nuestros nietos o los de ellos no podrán creer, comprender, ni perdonarnos.



lunes, 7 de septiembre de 2015

EUROPA TERMINÓ DE TERMINARSE



Entontecidos por la coyuntura y el plagio, los grandes medios del mundo no vieron la noticia tan sólo comparable a la conquista de América: la hecatombe de los refugiados en Europa no es sino el cambio de piel de un continente entero. Con índices de natalidad en baja, y de envejecimiento en alza, una invasión pacífica vino a renovarlos cuando ya se morían. La Europa conocida, soñada o añorada, se terminó. ¿Cómo será la nueva Europa? ¿Mestiza? ¿Musulmana? ¿Bélica? ¿Monárquica o teocrática?

EUROPA EMPIEZA OTRA VEZ




Esta sección, Europa en guerra, nació con El Martiyo y fue la única en ostentar capacidades proféticas anunciando un nuevo fin del viejo continente, ya desde su primer post titulado entonces Europa se termina otra vez.
Pero nosotros, nobleza obliga, avistábamos una guerra, un gran conflicto bélico en territorio europeo como resolución final de la crisis económica, política, y sobre todo moral que desgastaba a Europa desde su última destrucción completa. El derrumbe del euro, la recesión, la desocupación, los viejos odios, esos pueblos que nunca se quisieron, que siempre se pelearon, antes o después colapsarían en un todos contra todos por la presión de las circunstancias. En dicho contexto, Ucrania era el primer chispazo.
Lo que no vimos, al igual –sorprendentemente- que sus líderes, era esto: la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra, el terrible efecto rebote del incendio iniciado por ellos mismos a todo su alrededor, en el norte de África, en el Medio Oriente, en la Mesopotamia, en los Balcanes. Ahora es tarde: ahora Europa se terminó otra vez.
La Europa conocida, añorada o soñada, la de las grandes catedrales y los museos tan lustrosos; la de los príncipes mediáticos, las reinas y las ruinas; la Europa que se nos aparecía tan civilizada y próspera, organizada y pulcra, la Europa blanca, occidental y todo eso, ya es pasado. Los cientos de miles y millones de refugiados asiáticos y africanos que habrán de poblarla de ahora en adelante, darán, en apenas una generación o dos, una Europa nueva, distinta. Otra Europa que la Europa que así se terminó.
La Europa del final del siglo XX, suntuosa y vanguardista y a la vez conservadora; la de Chanel y Churchill, la de Picasso y Mastroiani; la Europa que la burguesía argentina visitó durante años dispuesta a volver impresionada aún antes de partir, esa Europa está muerta. Vivió la lucidez de su agonía durante los primeros años del nuevo siglo, la década corta que estalló en el 2008, el alba dorada del euro, la flamante y poderosa moneda única de la gran convertibilidad continental, un sol mejor que el sol y que en su propio esplendor anunciaba el último ocaso. Ahora es la noche.
Demasiados siglos de aventuras imperiales, de invasiones, saqueos, genocidios, de ostentar riquezas y sembrar miserias, aquí por fin se encuentran con su destino universal... les diría Borges.
Una nueva humanidad llega para ocupar sus tierras, y renovarlas.
Hombres y mujeres y niños que pronto serán nuevos hombres y mujeres y más niños, pero ya no refugiados, sino nativos, europeos ellos también. Con sus credos, sus dioses y sus cosas, pero nacidos allí, ya ingleses, ya alemanes, belgas, españoles…
No deja de ser una buena noticia cuando todos los índices alertaban sobre una caída en la natalidad y un envejecimiento poblacional. A punto de vaciarse, Europa se llena de nuevo… ¿Pero serán bienvenidos?
O sea, nos preguntamos, cuando en dos décadas –no más- los parlamentos europeos se llenen de turbantes y de velos y las mayorías blancas ya no sean mayorías, ¿Será todavía la democracia el mejor sistema político en Europa?... ¿O habrá uno nuevo?... ¿O uno viejo?...
La noticia que no vemos en los diarios es que asistimos en directo a un hecho sólo comparable a la conquista de América: el cambio de piel de un continente entero.
Esta vez los invasores son del todo pacíficos, pero el proceso es sin embargo más veloz, más contundente. Lo que en América tomó doscientos años hasta instalar como nativa una sociedad ajena; en Europa tomará semanas, meses. Un par de años.
Como las aguas de dos océanos separados por un muro que por fin se abre –o se rompe-, dos sociedades se encuentran, se chocan y se mezclan.
Una nueva, musulmana en su mayoría, llega a la vieja Europa para asentarse, trabajar, prosperar, crecer, y reproducirse. Trae la fuerza del hambre, la certeza del horror, y conoce exactamente el valor de la vida. Del otro lado hay una sociedad cansada, que envejece vencida por veinte siglos de guerras y el fracaso reciente de una aventura comunitaria que redujo a colonias germanas a sus propios estados miembros. Los que llegan sólo tienen futuro, los que estaban son el pasado. Diría Machado, don Antonio: hay una Europa que muere, y otra Europa que bosteza.
Pero el parto no será sin dolor. Sobran los indicios de que esa sociedad que muere, no se entregará sin resistencia. Por ello, y pese a este final abrupto por la vía poblacional, no podemos descartar la guerra que siempre anunciamos. Por el contrario, el rechazo íntimo del europeo medio al medio extranjero, la situación laboral de las grandes masas europeas, el estado calamitoso de las arcas de sus estados y los grandes buitres financieros sobrevolándolo todo, sumado a un desastre migratorio como el actual; nos hacen pensar con Shakespeare que esta noche negra no se aclara sin una tempestad.
Lo cierto es que con guerra o sin guerra, Europa la que decíamos está terminada.
El desastre de los refugiados recién comienza y promete agravarse, pero un día también terminará. Cuando todo pase, cuando amaine la tempestad, y la noche amanezca, una nueva Europa surgirá de sus escombros. Otra vez. 

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viernes, 4 de septiembre de 2015

EUROPA Y LOS REFUGIADOS: EL INCENDIO NO ERA GRATIS...




Allí está por fin, de cuerpo entero y desnuda frente al mundo, la Europa que aún hoy algunos colonos sudamericanos evocan como un sueño de civilización, de modelo social, y desde luego cultural. Allí está por fin, sin careta y sin bozal frente a los pobres de cualquier parte que pretendan habitar su suelo tan exclusivo. Allí está, alambrada, recia, indiferente, brutal. Final.

MIRAR MORIR




Al fin y al cabo incendiar Siria, Iraq, Libia, Afganistán, el Medio Oriente, el Magreb, no era gratis. 
Muchas personas que vivían allí, como era de esperar, acorraladas por el fuego, el hambre, la locura y la muerte, tuvieron que abandonar sus países y sus vidas sin nada mejor más a mano que la dorada Europa que aprendieron a soñar a través de los siglos y las invasiones y sus guerras, la que desde los días del Magno exporta occidente puro a cambio de riquezas que sustrae o destruye, la potente, la poderosa Europa. La que todavía hoy algunos colonos sudamericanos evocan con los ojos en blanco. Allí la tienen ahora, sin careta y sin bozal, severa y cruda, frente a los pobres de todo el mundo, mirándolos morir.
David Cameron los consideró una “plaga”. Sarkozy los comparó con una “fuga de agua”. El 56 por ciento de sus compatriotas dijo que no quiere un inmigrante más en su refinado suelo. Víktor Orban, primer ministro de Hungría, teme “por la Europa cristiana”. En Alemania en lo que va del año fueron incendiados 200 centros de refugiados. El horno no está para bollos. Alguien diría: éramos racistas, y llegaron los negros.  
La Europa de la recesión y el miedo al terrorismo, la Europa de la desocupación y la xenofobia, de pronto se llena de inmigrantes asiáticos y africanos como quien despierta en mitad de la noche durmiendo exactamente con el enemigo.
La primera reacción fue artillarse, alambrarse, rechazarlos, repatriarlos, perseguir sus barcos, espantarlos, acaso hundirlos.
Hasta ahí el problema era de la Europa periférica, Hungria, Italia, Grecia, España… luego los camiones con sus muertos aparecieron ya por Austria, Alemania. La Europa Central.
Fue entonces cuando vimos a la canciller Angela Merkel en el papel del payaso Krusty acariciando a una niña palestina mientras le recomendaba tierna y sonriente volver a su país, a su tierra, a sus llamas y su muerte.
Apenas recién, el 23 de agosto, en el diario Le Figaró, Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, asumía: “Lo que me espanta es constatar el resentimiento, el rechazo, el miedo con los que se trata a esas personas. Incendiar los campos de refugiados, alejar los barcos de los puertos, violentar a los solicitantes de asilo o cerrar los ojos frente a la miseria y la pobreza, eso no es Europa”.
La pregunta es: ¿No, Jean Claude?... ¿Eso no es Europa?... ¿Cuál es Europa?
¿La de las grandes guerras, la de los cien años, y las dos mundiales, las napoleónicas y las romanas, o la Europa la de las cruzadas, la de Indochina, la de los grandes imperios y sus noblezas llenas de esclavos; o la Europa de la Conquista y sus espléndidos genocidios, la de la escasés y la OTAN, la que se muere sin el petróleo, el agua y la comida de los países que incendia, la que saqueó todos los continentes, o se desangró en sus propias batallas desde Alejandro a Hitler?... ¿Eso no es Europa, Jean Claude?...
Con 2300 inmigrantes muertos en lo que va del año, después de ver a diario camiones de cadáveres, y más cadáveres flotando sobre grandes extensiones de mar y bodegas repletas de cuerpos sin vida, después de todo y tanto, por fin hubo una foto que ahora sí “nos hace tomar conciencia”, “que paraliza al mundo”, “que nos hizo reaccionar”, y bla, bla, blá, recitan entre dos tandas los presentadores del mundo. Como si los otros 2300 muertos no hubieran bastado. Como si faltara éste.
Y es que Aylan Kurdi, un niño sirio de 3 años, cuyo cuerpo apareció en una playa de Turquía, no era lo suficientemente negrito ni tenía un turbante ni nada que permitiera presumirlo ajeno. Parecía propio. 
Entonces Europa miró esa foto y comprendió que algo no andaba bien en algún lugar.
Los voceros más calificados de los principales responsables de esta inmensa tragedia –sus medios y sus políticos- esconden la propia mugre bajo la alfombra del Estado Islámico, y más odio siembran, más confusión, y más mentiras.
Como si el EI fuera una generación espontánea, el brote simultáneo de cientos de miles de sicóticos con el mismo delirio religioso que simplemente no tiene explicación, y punto. Son locos, mejor matarlos.
Ninguno de tales explicadores parece recordar los bombardeos de la OTAN a todos esos países del los que hoy huyen espantados sus propios pueblos; y ni palabra sobre los fondos aportados por sus estados miembro a muchas de esas inciertas organizaciones armadas tan funcionales en la coyuntura, pero que luego, bueno… se desmadraron.
Y ninguno dice nada tampoco del gas y el petróleo que fueron a buscar a punta de pistola porque así es más redituable: por un lado consiguen energía gratis, y por otro reactivan la industria pesada de la guerra.
Ninguno dice tampoco que Siria, curiosamente, es el único país del Medio Oriente que no privatizó su petróleo.
Nada de eso, parece, viene a cuento.
Mejor reducirlo todo para el gran público. Más fácil. 
La canción será siempre la misma: civilización o barbarie. 
De un lado el occidente blanco, democrático, republicano y sensato, con su dios perfecto; y del otro todos negros fanáticos poseídos por el demonio de un dios sacado, y medio degenerado para colmo.
En agosto se cumplió un año desde que Obama armó su liga de la justicia para acabar con el Estado Islámico, principio y fin de todos los males. Los discursos, hoy, son entusiastas. Los hechos no tanto.
El Estado Islámico amplió el territorio de sus dominios, consiguió tomar en Iraq la estratégica ciudad de Ramadí, aumentó el número de sus tropas, y según fuentes de la CIA actualmente recibe aportes por tres millones de dólares diarios (buena parte de los propios países que integran la coalición para elimnarla), lo que la convierte en la organización terrorista más rica de toda la historia; y como detalle de apostilla para los coleccionistas: los europeos en sus filas son cada vez más. Los 86 franceses, por ejemplo, enlistados en 2013, hoy son más de dos mil. Por muy entusiastas que sean los discursos…
Allí tienen por fin las flores de sangre de esa primavera árabe que tan alegremente desataron cuando vieron la posibilidad de manotear políticamente todos esos países siempre tan esquivos, tan musulmanes, tan distintos.... Pero el incendio no era gratis.
En llamas el bosque, sus habitantes tomaron la comarca. Ocurre.
Entonces los barcos persiguiendo sus barcos, los alambrados, las fronteras erizadas de púas, de perros y de guardias, y la playa del verano que se llenaba de cadáveres…
Pero ahora dicen los mismos voceros de aquellos grandes responsables de esta inmensa tragedia, que esa foto de Aylan Kurdi, esta vez sí los hizo reaccionar.  Recapacitar, prefieren algunos, buscando la palabra exacta, como esos que todavía discuten si llamarlos refugiados o migrantes, que ya sería algo más voluntario, digamos, menos urgente, en fin… casi turístico.
La cosa es que ahora sí, atento el mundo, con repentina voluntad humanitaria, esos mismos líderes europeos que ven en cada extranjero una amenaza, ahora sí se acercaron por fin al gran incendio para arrojar cada uno su correspondiente vasito de agua. Algo es algo, se dicen y se felicitan. Desbordados por los invasores, ahora se rifan refugiados en bolsas de 40, 50, 60 mil, cuando más miles y millones se les vienen encima, porque el incendio continúa, mejor, peor: se expande...
La tragedia es tan grande como la epopeya individual, desesperada y colectiva de todas esas miles y miles de personas a las que no les queda más que la vida.
Según la organización humanitaria Save the Children, en lo que va del año, nada más que a Italia, llegaron 3800 niños solos. 
Solos. 
Niños. 
Abandonados y perdidos por el mundo y hasta la muerte. Así de inmenso es el desastre.
Pero no todo está tan mal, no. Por unos días -dos, no más-, una foto, esa foto, mancomunó a la gran Europa indiferente, y la sacudió ¡La despertó!... Si hasta David Cameron, que los consideró una plaga -pero que también es padre-, se conmovió al verla.
Y dicen que la Merkel, incluso.
Un gran gesto, cómo no. 
Mirar morir.   


¿Querían fotos?... hay más: muertos no faltan.

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