////// Año XVIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Prefiero ser martillo que yunque", Julio Popper ///

sábado, 21 de febrero de 2015

A FALTA DE IDEAS, BUENOS SON NISMAN…



El último miércoles 150 mil porteños (según informan Clarín y La Nazión) marcharon por el centro de Buenos Aires bajo la lluvia y en silencio, expresando así –entre la lluvia y el silencio- la tristeza y la impotencia de no tener en quién creer.
 Los convocaba un grupo de fiscales cuya mayor virtud es ser desconocidos por sus convocados. 
Detrás y escondidos, perdidos y camuflados de ciudadanos comunes, los referentes de la oposición, aún más callados, pero contentos. 
A falta de ideas...



EL SILENCIO DE LAS CACEROLAS

Patricia Bullrich: que la alegría por el odio a Cristina,
no opaque la tristeza por Nisman




A meses –minutos- de las próximas presidenciales, el único programa de gobierno que se conoce, el único proyecto de país –con sustento ideológico y doctrinario-, es el del oficialismo. La oposición, en cambio... allí va: marcha callada y escondida en el fondo del resentimiento y la impotencia de los que sólo saben qué no votarán, pero no qué votarán. Sin embargo se los vio felices, ocultos bajo sus paraguas, pero locos de contentos: por un minuto propia la multitud ajena... 
El Martiyo sigue con atención las declaraciones de los referentes de esa oposición. Busca descifrar, en el entramado de lugares comunes y
La Donda y Binner: chochos y de marcha.
promesas de manual que los caracteriza; sus propuestas, sus planes, una idea. Pero ya sólo hablan del caso Nisman. Para eso los consultan, claro. Y ellos van y hablan, más bien. De otra forma el público podría olvidarlos. 
Critican, previsibles, a Cristina, y a todo su gobierno por todo lo que hace y deja de hacer. Y por todo lo que hizo, y dejó de hacer, y por todo lo que hará, y no. Cantan la canción que quieren escuchar los que no quieren a Cristina, pero a ellos tampoco. En los medios funcionales a los fondos buitres y sus secuaces, un coro de panelistas les da la razón, y eso es todo.
Ni una idea, ni un proyecto, ni una respuesta clara a la hora de explicar cómo harán, por ejemplo, para mantener la AUH y las jubilaciones más altas de la región, sin tocarles el culo a los intereses de las corporaciones que financian y apoyan, tan luego, sus candidaturas. Mejor no hablar de ciertas cosas. 
Piden justicia a los gritos, pero no para todos, para la causa Papel Prensa, por ejemplo, no. De eso tampoco se habla. 
De pronto son todos detectives listos para esclarecer la muerte de Nisman, a cambio de un voto. Y eso es todo. 
Encendidos, todavía alardean de una victoria en las últimas legislativas, pero al mismo tiempo lloran la supremacía parlamentaria del oficialismo, sin terminar de explicar cómo fue que perdieron esa victoria de la que tanto alardean. Todo les sale mal.  
Gil Lavedra: ¡mejor no sirve!
Forman, deforman, fundan y funden frentes y alianzas que dan risa cuando no pena. O miedo. Tejen como pueden el crochet de votos multicolor que el odio a Cristina les prodigue. Se juntan y se rejuntan, se abrazan y se acusan, de narcos, de traidores, de boludos. Sin futuro por delante, adoptan la forma del recipiente diario que los contiene, y así se diluyen en la coyuntura invocando hoy los mismos principios que negaban ayer, y viceversa. Eso es todo.
La vieja Unión Democrática, no se entrega. De pronto los troskos marchan con la Sociedad Rural, y la izquierda cierra filas con Mauricio Macri. Todo vale cuando nada sirve.
Y la Carrió, que va y viene revoleando denuncias como un trompo envenenado…
Y De Narváez, que resucita como buen pescador que oye el río revuelto.
Y Massa, que se hace el tucumano, el cordobés, el bueno… pero que rebota sin solución contra los límites estrechos de los countrys de Tigre.
Y Pino, ora abrazado a Mariano Grondona, ora –ahora- a Sergio Massa...
Y Binner, sus fotos con Magnetto, su apoyo a Capriles, su expulsión del foro de San Pablo, sus vestigios…
Eso es todo.
Una marcha callada por el centro de Buenos Aires detrás de unos fiscales en los que sólo confían quienes no los conocen. 
Y la lluvia, y el silencio.
Y nada más. 
Ya no rompen sus cacerolas.
Ya saben que llaman a nadie.


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