////// Año Xº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

martes, 13 de febrero de 2018

PETINATTO & CO.: UN INFIERNO ENCANTADOR...


El triste Tristán, el astro retro Cacho Castaña, el gurú palermitano Ari Paluch, el cantor callado Gustavo Cordera, ambulan ya por ese raro limbo donde los famosos sueñan con el olvido, y al que acaba de ingresar ahora también Roberto Petinatto, con toda su leyenda ajena a cuestas, y su gracia tan habitual entre los habituales graciosos de la tele.
Encandilados por sí mismos, no advirtieron el final de una era, y siguieron de largo hacia el ayer.
Pero en su caída nos descubren el verdadero rostro del demonio. 


UNA LECCIÓN PARA TODOS





"Venía rápido, muy rápido
y se le soltó un patín"
Carlos Alberto Solari



El demonio existe: es el ego. Por eso está siempre a nuestro lado, y nos acecha.
Su mejor truco consiste en hacernos creer que nos elevamos mientras nos hundimos, que avanzamos cuando retrocedemos, que todo va mejor a un paso ya del abismo. Es la vanidad, la droga de la serpiente. La soberbia. Según La Biblia, el exacto instante previo a la caída.
En tal sentido nada como la televisión para detectar y contemplar fenómenos satánicos de esa índole. Pequeños seres humanos inflados hasta reventar. Periodistas baratos de dudosa formación y escasos recursos convertidos por un rato en grandes pensadores dueños de variadas verdades y pletóricos de sentencias. Presentadores impresentables con problemas de comprensión y de lenguaje; panelistas en bolsa repetidores de frases hechas y noticias improbables con el tono sin embargo de senadores de Roma; figuritas mediáticas como fuegos de artificio que suben, se encienden y se incendian, y viejísimas figuras que a fuerza de pura permanencia televisiva, adquieren un halo mítico de estatuas vivientes… Lo que podríamos llamar: un infierno encantador.
En ese infierno encantador arde desde hace unos días Roberto Petinatto, víctima de un ego que antes o después se veía reventar. 
Y bastó el palito pisado de una frase infeliz, para abrir la caja del pasado de una fila de Pandoras malheridas.
El palito pisado ya no importa, su pasado es lo que pesa. Como en el caso del hoy fantasmal Ari Paluch o el espectro de Tristán, los testimonios que lo condenan tienen esa exactitud de coincidencias que los vuelve veraces, y por ello lapidarios. Todas cuentan lo mismo. Todo, evidentemente, es verdad.
De Sumo con Luca Prodan, a La Noche del Domingo con Gerardo Sofovich, hay una distancia tan grande como el ancho vacío de un ego levantado a fuerza de banalidades constantes, pretensiones insustanciales, y una obra inexistente más allá de sus viejas payasadas ochentistas, sus estrafalarios disfraces de dudoso gusto, sus estupidos muñequitos, y sus repetidas y fallidas imitaciones del show de David Letterman.
El petardismo impensado, la ironía incesante frente a cualquier tema como quien está por encima de todo, el repentísmo reducido a rapidísmo, la burla hacia el otro con su insalvable carga de desprecio, no alcanzan, en su conjunto, a ser un estilo, apenas son características, en estos casos, defectos. Sin embargo así, con todo eso y sólo eso, más cuatro gotas de leyenda lateral (ya que tampoco hablamos de Luca Prodan o Ricardo Mollo), Roberto Petinatto, empinado por las circunstancias de un medio mediocre, adquirió con los años un aura indiscutido de artista transgresor, sinónimo de vanguardia, y palabra santa.
Es ahí cuando el Demonio ve que su fruta está madura y le clava los dientes.
Bastó la pequeña victoria de la fama y sus mieles, un rating pobre en un contexto paupérrimo, una claqué a sueldo que acaso creyó espontánea, un desfile de figuras sumisas que preferían simular admiración antes que exponerse a sus burlas, más las groupies infaltables de las puertas de todos los canales, y ya nuestro pequeño héroe estaba inflado para reventar.
Entonces lo dijo. Pisó el palito de una palabra inoportuna, soltó una de esas frases que dice siempre porque no piensa nunca, y estalló en el aire. Pudo haber sucedido antes, pudo suceder después, pero se lo veía venir.
En marzo del año pasado, tras los sucesos de Olavarría durante el recital del Indio Solari, Petinatto sorprendió por fin después de tanto abriendo su programa con un show inédito de resentimientos, envidias y otras miserias. Más de un cuarto de hora con la boca llena de espuma descargando contra el ausente, sin disimulos, su tremenda frustración como rock-star sin banda, sin recital, sin público, y sin canciones.
Antes de un año aquél demonio suyo volvió a por él, lo emboscó entre sus propias palabras, y se lo llevó hacia ese limbo donde ahora ansían el olvido absoluto Ari Paluch, el triste Tristán, Cacho Castaña, Gustavo Cordera… y algo nos dice que pronto seguirán los nombres…
Pero que nadie se engañe: el palito pisado no fue una frase infeliz, ni un “give me five”, ni un chiste viejo del viejo Castaña… Todos ellos y los que vengan, no son sino lo que siempre fuimos. Ningún machista es generación espontánea. Diría Sartre: “cada hombre es lo que hace consigo de lo que hicieron con él”. Y eso es culpa de todos y de nadie y fue así desde siempre. Sólo que un día se terminó. Como la esclavitud o la inquisición y tantas otras cosas que un día se terminaron. 
Y ese, en tal caso, fue el palito pisado. No advertir que una historia se acabó. Que lo que nos parecía normal, estaba mal. Que vivimos equivocados y que es posible y necesario y urgente mejorar.  
Ejemplos de lo que ya no sirve, Petinatto, Castaña, Paluch, Tristán, Cordera, no son sino los famosos de una legión de retrasados que no pueden, no quieren, o no les importa entenderlo. Pero nada de eso detiene el final de una era que se termina, y que así se los lleva. Simplemente no supieron bajarse a tiempo y siguieron de largo hacia el ayer. Con sus chistes vencidos, con sus gracias gastadas, con sus manías viscosas, soportados demasiado por un entorno que no otorgaría pero callaba, ebrios de espuma, mejores que nadie, encandilados por el demonio que tiene cara de espejo.
No dejan de ser una lección para todos. 

* * *

lunes, 12 de febrero de 2018

VERSOS DE ÉPOCA: A QUE NO SABÉS...

A QUE NO SABÉS


Vos que no sos ningún grasa, que conocés Punta Cana, Cancún y Brasil
Vos que no te comés el cuento de los 30 mil desaparecidos ni el curro de los derechos humanos
Vos que de verdad sabés quién mató a Nisman, que podés explicarme en detalle el pacto con Irán y la causa Hotesur
Vos que ni siquiera precisás pensar porque para eso lo tenés a Lanata y sabés repetirlo sin errores
Vos que festejás porque la cana mata pibes por la espalda (por chorros, por mapuches, por negritos, pero sobre todo por ajenos)
Vos que en cada sobremesa, entre eructo y eructo, recomendás el paredón, la pena de muerte, “una limpieza”, como te gusta decir…
Vos que tanto te amargás con la tragedia de Once pero por suerte te chupa un huevo el ARA San Juan
Vos que casi te infartás con los bolsos de López pero ni estornudaste con los Panamá Papers, el soterramietno del Sarmiento, las coimas de Odebretch, el curro del Correo, McAir, el blanqueo, los peajes, las…
Vos que sos guapo de verdad y podés pagar el fútbol, el gas, la luz, el agua, el transporte, la salud y la escuela de tus hijos sin que el Estado te ayude porque para eso sos guapo de verdad
Vos que me ayudaste a entender que la vida de un fiscal vale más que la de un artesano, un tatuador, o un indio de mierda
Vos que inventaste la milanesa de la lucha armada con una cacerola
Vos que me dijiste que los ricos no roban
Vos que te reís con Fernando Iglesias como si fuera un chiste
Vos que te leíste el último libro de Majul
Vos que ya no mantenés más negros
Vos que nos salvaste de ser Venezuela
Vos que sos vivo en serio…
¿A que no sabés quién se está quedando con toda la guita que ahora te falta?



* * *

jueves, 1 de febrero de 2018

¿PARA QUÉ QUEREMOS LOS DIARIOS?

Concentrados en Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Netflix –y siguen las firmas-, asistimos con alegre indiferencia a la agonía de los medios de comunicación masiva. 
Como quien los ve morir sin mirarlos siquiera. 
No hay noticia. 
Pero nos llueve en la cabeza una pregunta impostergable…


¿PARA QUÉ QUEREMOS LOS DIARIOS?




Que asistimos a la hora terminal de los medios masivos de comunicación, ya no es un delirio recurrente de este blog, es un grito planetario, una realidad cada día más evidente tal y como lo demuestran, además de los hechos, la profusión de ensayos, libros, informes y artículos sobre el tema. Todo concluye al fin.
Cae el encendido de la televisión abierta y satelital, caen y se cierran cada vez más revistas, caen las ventas de las ediciones en papel de los diarios, y con un agravante: todavía ningún diario en el mundo consiguió hacer rentable su edición digital, por lo cual todos aún se financian con la de papel, cuyas ventas, fue dicho, caen y caen. Algo se acaba, todo lo indica.
Si alguna vez no hace tanto el fin de los medios masivos de comunicación sonó a delirio, fue porque nacimos en esto, con ellos. Pero la cruda realidad es que esos medios masivos, tal y como los conocemos, aún no cumplieron ni siquiera cien años de existencia. Vale decir, la humanidad vivió toda su vida sin ellos. Perfectamente. Progresando incluso.
Sin embargo nada de esto significa que se acabe el periodismo, al contrario. Se diluye en la masa, ahí el final.
Hoy cada individuo lleva en sus manos un medio masivo de comunicación gráfico y audiovisual, con distribución propia, gratuita, mundial, intantánea. Puede filmar, fotografiar, relatar, escribir y publicar en directo para todo el mundo. Hoy no es periodista el que no quiere.
Maravillados por dicha maravilla, y siempre listos para abaratar costos, los dueños de los medios van reemplazando así la producción propia por la réplica de lo que produce y difunde su propio público. Como en un raro restorante donde te cobran lo que comés porque lo llevaste vos. Eso no dura mucho.
Desde el nuevo romance de Pampita a la muerte de Nisman, desde las filtraciones de Wikileaks hasta los Papeles de Panamá, hace rato que las grandes noticias que difunden los famosos grandes medios ya no surgen de investigaciones o fuentes propias, sino de las redes, de la web… que se lo come todo. Todo.
Cada día cada vez más vemos cómo la televisión, los diarios, los portales, replican lo que se viraliza en las redes sociales, convirtiéndose así, en el acto, en meros intermediarios. Lo que en sí fue la esencia del periodismo: llevar las fuentes al público, o viceversa. Sólo que ahora el público tiene acceso directo a esas fuentes, y entonces aquellos intermediarios se vuelven también innecesarios ¿Cuánto aguantarán así?
Porque a los tremendos cambios de paradigmas que supone la actual revolución tecnológica, se agregó la inercia de una desidia inexorablemente trágica.
Los diarios, sus ediciones en papel, envejecieron en una sola noche el día que se inventó la radio. Sufrieron otro golpe mortal cuando nació la televisión. Fueron arrasados por las cadenas de noticias de 24 horas, y ahora llegó la web con todas sus redes para darles el tiro de gracia.
Sin embargo, aún así, aún hoy -como esos japoneses del Pacífico que ignorantes del fin de la guerra se mantuvieron durante décadas en sus posiciones-, aún hoy los diarios en papel anuncian en sus títulos. Renunció Mengano, Murió Zutano, Ganó Perengano. Como si ni siquiera la radio hubiese nacido. Es decir: diarios cerrados anoche gritarán mañana lo que la tele ya dijo ayer ¿Cuánto más podrán durar?
Este cronista vivió los últimos años de una era de gloria cuando la redacción proponía y la administración pagaba.
Días dorados cuando los medios tenían dueños, personas con nombre y apellido, cuerpo físico y vida propia, y por consiguiente, un prestigio en juego. El Crónica de García, el Ámbito de Ramos, la Atlántida de los Vigil, la Abril de los Civitta, el Clarín de Noble, La Nación de los Mitre, La Prensa de los Gainza Paz... Pasado pisado: hoy son todos propiedad de sociedades anónimas como tales anónimas.  Detectamos más o menos en el horizonte el perfil de algún CEO, sí, pero nunca queda claro quiénes son sus verdaderos dueños. Son conglomerados. Holdings. Grupos. Asociaciones privadas con fines de lucro, y nada más. Días finales.
Porque en esa avanzada las administraciones ganaron por fin su batalla y sometieron a las redacciones imponiendo los números por encima de las letras, el presupuesto por encima de las ideas, y el negocio por encima del oficio. Entonces la obediencia relevó a la eficiencia, y el mejor periodista pasó a ser el más barato.
Con honrosas excepciones que no hacen más que confirmar la regla, toda la técnica periodística actual fue reducida al “corte y pegue”. La mejor investigación de los grandes medios rara vez trasciende las barreras de Google, cuya fuente nos pertenece a todos. Y por el mínimo trámite de un rápido un clic.
Entonces la nube de la duda rompe, y llueve la pregunta impostergable: ¿Para qué queremos los diarios?



* * *

martes, 23 de enero de 2018

ESCUPIDAS AL CIELO: UN TEXTO VIRAL…



Todo lo que publico en El Martiyo lo difundo por Facebook, pero no viceversa. Hay cosas cortas, espontáneas, que suelto por Facebook, y no quedan en el blog. Esta es la excepción que viene a romper esa regla. Publiqué este texto en Facebook, y para mi sorpresa, se hizo viral. No sé por qué. Pero por las dudas  aquí lo publico también en El Martiyo y que siga rodando. 
Por algo será.  



ESCUPIDAS AL CIELO

Una pileta sin agua
Un submarino perdido
Un muerto (pero artesano)
Un choreo a los jubilados
Un tarifazo sin luz
Un blanqueo por decreto
Un negocio presidencial que no se entiende
(y otro y otro)
Una inflación que no para
Una deuda por cien años
Una Justicia inverosímil
Un Estado ausente
Un presidente otra vez de vacaciones
Una fábrica cerrada
(y otra y otra)
Un militante encarcelado
(y otro y otro)
Un genocida excarcelado
(y otro y otro)
Un déficit fiscal que sólo sube
Un déficit comercial que es récord en nuestra historia
Un pobre más
(y otro y otro)
Un ministro de economía que por las dudas tiene toda la guita afuera
Un presidente con más de 30 empresas offshores y cuentas en guaridas fiscales
Un gabinete ahogado en conflictos de intereses
Un ministro denunciado por corrupto por su propia hermana.
Un jefe de gabinete que es jefe de un centro de trolls para multiplicar la mentira hasta que parezca verdad.
Una turba aturdida que lo vota
Un inglés amigo del presidente que se queda con un lago de la Patagonia.
Un italiano amigo del presidente que se queda con media Patagonia.
Un mapuche asesinado
Un coro de economistas neoliberales que sin embargo advierte el abismo
Una noche negra que al decir de Shakespeare no habrá de aclararse sin una tempestad.
Una represión cada vez más feroz
Una grieta llena de odio
Un “corralito” en la manga
Un pueblo abusado en su paciencia
Una prensa que no cubre pero encubre
Un trueno como un escarmiento
Una historia que se repite
Una lección que no se aprende
Una gran escupida al cielo
que ya empezó a caer.




* * *

lunes, 15 de enero de 2018

EL ODIO Y LOS PELOTUDOS...



Un odio nacido con la patria alcanza en estos días una nueva consagración. 
El odio que echó a patadas a San Martín, el que encumbró a Sarmiento, degolló al Chacho y emboscó a Facundo; el que bombardeó la Plaza, fusiló y asesinó para por fin desaparecer más de 30 mil personas; ahora vuelve por nosotros. 
El gobierno y sus medios –o viceversa- lo cultivan. 
Millones lo consumen.


EL ODIO Y LOS PELOTUDOS




En 1952, mientras agonizaba Eva Perón, un autor anónimo pintó en las paredes porteñas una frase memorable que pronto se propagó por la fuerza de su síntesis: “Viva el cáncer”.
En sólo tres palabras alguien lograba comprimir una cantidad de odio suficiente como para justificar en breve un bombardeo contra la Plaza de Mayo con más de 300 civiles muertos y más de 700 heridos, luego el fusilamiento sin juicio de obreros y militantes, largos años de persecuciones públicas y mediáticas, detenciones políticas, destierros y asesinatos, y por fin una dictadura genocida con más de 30 mil desaparecidos. Un odio inmenso en sólo tres palabras. Un verbo, un artículo, y un sustantivo. Eso es genio.
Esta semana, 65 años más tarde, Federico Andahazi, quien se pretende escritor, ante la negativa ejecutada contra Héctor Timerman para tratarse un cáncer en Nueva York, precisó más de 40 palabras para expresar el mismo odio. Eso es falta de genio.
Pero el odio es el mismo.
Un odio tan grande que hoy sirve para justificar la propia miseria, el choreo a los viejos, las mentiras más obvias, las corporaciones abiertamente en el poder, y un cinismo que ni siquiera los genocidas de la dictadura llegaron a permitirse… Un odio tan grande que lo entraña todo: la matanza, el bombardeo a civiles, el terror, el destierro, la cárcel, la tortura, la desaparición de personas, el tráfico de niños… Nada más hay que darle tiempo.
Mientras tanto el gobierno y sus medios -o los medios y su gobierno, como sea-, cultivan ese odio. Es su alimento. Saben que el odio enceguece como el amor, pero incapaces del amor, eligen el odio, y lo propagan. Agitan a la turba en favor de Barrabás, y así vienen creciendo desde el principio de los tiempos.
Junto a la pobreza cero, el fútbol para todos, y no habrá tarifazos ni devaluación, una de las grandes mentiras de la campaña de Cambiemos fue cerrar la grieta. Cuando es la grieta lo que los sustenta. La revancha, la venganza. El odio. El resto es fracaso.
Porque la turba puede amar, pero también odiar. Es cuestión de hacerle creer que sabe mucho de lo que ignora todo, y a la vez ofrecerle un buen enemigo sobre el cual proyectar su propio fracaso personal, sus miedos y sus resentimientos. Ora pueden ser los judíos, ora los musulmanes, los negros, los latinos, los verdes, los azules o los colorados, lo importante es odiar. Una vez que odia, la turba se enceguece y entonces cualquier tuerto es rey, y cualquier gato lazarillo.
Porque bien cargada de odio, la turba está dispuesta, incluso, a la autodestrucción. Absorberá tarifazos, endeudamientos, despidos, mentiras, atropellos, palos, balas de goma, de plomo, lo que venga. El odio basta.
La turba no es el total de la gente, pero es un número significativo. O hubiésemos gritado Cristo, y no Barrabás.
Y la turba siempre tiene ganas de putear, aunque no siempre sabe a quién. Pero para eso están los productores de odio, que se lo “informan”. Y la turba no sólo lo agradece, sino que encima lo paga. Así también crecieron los grandes medios argentinos, por el odio.   
El odio que echó a patadas a San Martín primero y a Rosas después, el odio que encumbró a Sarmiento, degolló al Chacho y emboscó a Facundo, el que fusiló a Dorrego, el que amasó en el oprobio a Yrigoyen, el que bombardeó la Plaza, el que fusiló obreros y militantes al grito de “se acabó la leche de la clemencia”, para por fin desaparecer más de 30 mil personas… Un odio nacional, inmenso, profundo, antiguo, padre de todos los fracasos, y que ahora vuelve por nosotros mientras los Macri y los Magnetto se frotan las manos. Ellos viven de eso.
Pero vos atento.
Vos no te engañes.
Porque más antes que después, el odio siempre estalla y ese día sabrás que vos no sos ellos, que volvieron a mentirte, y que odiaste como un pelotudo. 




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miércoles, 10 de enero de 2018

Crónicas & Blues - Hoy: ELEGÍA DEL CONSERJE

ELEGÍA DEL CONSERJE



No volverán las oscuras golondrinas, olvidáte.
No puedo escribir los versos más tristes esta noche,
ni mucho menos los más alegres.
No puedo escribir versos esta noche.
Y no me gusta cuando callas, al contrario, me asusta.

Comer chocolate no es ninguna verdad, niña, no te engañes.
Y no todo pasa ni todo queda.
Y si hay caminos, caminante, está lleno de caminos.
(Compráte una guía y vas a ver)
Pero de ninguna manera basta el mar.

Tampoco el albatros es el príncipe del cielo,
podrá atascar una turbina y derribar un avión
pero la turbina a su vez lo destroza.

En cuanto a mí, espero no tener que volver a dormir borracho sobre la arena.
No siempre hay mujeres que se ocupan de los condenados que vuelven de las tierras cálidas, ojo.

Y es falso de toda falsedad que yo no supiera que ella era casada cuando me la llevaba al río.
Lo sabía, más bien.
No sólo lo sabía, sino que tan luego por eso me la llevaba al río.

Seguramente no me moriré en París,
Aunque quizá haya un aguacero ese día, por qué no
(todo siempre se complica).

Pero que nadie se haga ilusiones con el árbol talado que retoña…
Retoña, sí, es decir, le salen algunos brotes, pero ni ahí lo que era.

Tampoco la juventud es un tesoro
¿Cómo vas a atesorar algo tan volátil?
Despertáte.

Y no todas las rosas son la misma rosa.
Más bien al contrario.

La princesa está triste, y bueno…
Imagináte los que encima tienen que laburar para mantenerla

Se equivocó la paloma
¿Y quién no, a ver?

La poesía no es un arma cargada de futuro.
Es una cosa escrita cortita y pa´bajo,
me explicó una vez un conserje. (*)



(*) AGRADECIMIENTO: Estos versos –de alguna manera hay que llamarlos- fueron posibles gracias a la colaboración inconsulta -y acaso desinteresada-, de los siguientes poetas por orden de aparición: Gustavo Adolfo Becquer, Pablo Neruda, Fernando Pessoa, Antonio Machado, Luis Cernuda, Charles Baudelaire, Jean Arthur Rimbaud, Federico García Lorca, César Vallejo, Miguel Hernández, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti y Dámaso Alonso. A todos ellos, gracias y que se jodan.

* * *

lunes, 27 de noviembre de 2017

ARA SAN JUAN: LA TRAGEDIA PERIODISTICA…




La era de los medios masivos está por terminar.
La revolución tecnológica se lleva muchas cosas –el teléfono fijo, el taxi, la agencias de viajes, etc-, y con la misma fuerza se lleva también, y en todo el mundo, a la industria del periodismo.
En la Argentina, uniformes cuando no hegemónicos, los medios cada vez se distinguen menos entre sí, mancomunados en una decadencia general que las grandes tragedias revelan en toda su desgracia.
En la lucha contra las redes por el minuto a minuto, la emoción vale más que la información, pero está claro que los muertos nunca importan.



VERÁS QUE TODO ES MENTIRA






Frente a las grandes tragedias, prácticamente a coro, el periodismo nacional muestra sus grandes miserias, la asombrosa extensión de sus carencias.
Lugares comunes a repetición, escasez de imaginación y de vocabulario, la imitación de la competencia como todo argumento, la osadía del ignorante, la hegemonía de sus dueños, el apetito por las ventas, el apuro, la impericia y la desidia, acaban en un show casi constante, uniforme, hueco, y tragicómico… Trágico porque se origina en una tragedia, cómico porque el ridículo ajeno es una de las bases del humor… Chaplin, el Gordo y el Flaco, los Tres Chiflados, Eduardo Feinman, Alejandro Fantino, Santiaguito del Moro y el Payaso Firulete, son algunos pocos pero buenos ejemplos.
Desde que el desastre del ARA San Juan alcanzó la luz pública, los medios se frotaron las manos con las altas marcas de encendido, y salieron a pelear el share… Esperanzados –comercialmente esperanzados- con un final feliz, empaquetaron la tragedia con el título de “Los 44”, rápida remake de “Los 33” mineros chilenos, porque a falta de imaginación, siempre nos queda el plagio.
Así se daba comienzo al impúdico manoseo de un desastre inédito. El vacío de información rellenado con la hipótesis personal, el augurio, el rezo, la sospecha, la mentira simple, la improvisación constante, la indignación pasajera, el falso lamento, el golpe bajo, el chiste desubicado, la paparruchada, un cacareo agotador hecho de frases hechas, de lecturas leves, de urgencias publicitarias… periodismo cero.
Como un sarampión que anoche no parecía, brotan por todas partes repentinos especialistas en navegación de submarinos, inmersiones y sumersiones, operaciones de rescate y secretos militares, vientos, corrientes, océanos y ballenas.
En competencia desigual contra las redes sociales, se busca el impacto "minuto a minuto" y así la espectacularidad de una noticia, importa más que su veracidad. En esa disputa se licua el oficio, y lo que sobrevive es otra cosa… el histrionismo, la osadía, el delirio…
Entonces todos y cualquiera se permiten opinar, explicar –improvisar- sobre temas que desconocen –básicamente porque no les importan-, sin siquiera saber, en la mayoría de los casos, de qué están hablando. Hablan de un submarino, pero no perciben que entonces hablan de defensa militar, de secretos de Estado, de geopolítica, de alta diplomacia, del presupuesto nacional, de pactos internacionales que también ignoran… 
Así por ejemplo Alejandro Fantino –periodista deportivo devenido en analista político por el simple efecto de un corte de pelo-, Eduardo Feinman, desde la vulgaridad de su resentimiento, o Santiaguito del Moro, insustancial y sonoro, le explican al gran público lo que no tuvieron tiempo de entender. Y a toda esa nada se le llama periodismo.
Como el final feliz al final no llegó, la misma jauría se lanzó a buscar un culpable, y como suele ocurrir, inmediatamente lo encontró: el gobierno anterior. Y ya iban a por sus miembros más notorios, cuando el propio Macri los paró conciente de que Cristina pudo haberle dejado el submarino todo roto, pero el que lo llenó de gente y lo mandó abajo del agua, era él.
“¡No hagamos política con esto!”, gritó inmediatamente el Coro de Niños Audiovisuales, y allí nomás recogió el espantasuegras que acababan de soplar. No hay dirección, intención de informar, investigar, nada… hay otra cosa: hay el minuto a minuto… la guerra que ven que tienen perdida contra las redes sociales, y en esa desesperación, claro, se desesperan…
El periodismo tal y como lo conocemos, el periodismo de los medios masivos, agoniza en todo el mundo. Últimamente esos grandes medios no hacen más que replicar y correr tras lo que se viraliza en las redes sociales, o a partir de las grandes filtraciones (Wikileaks, Panamá Papers, Paradise Papers), todas fuentes a las que el gran público tiene acceso por un mínimo clic… La pregunta es: ¿cuánto puede sobrevivir, en cualquier negocio, un intermediario ya innecesario?…
El periodismo de los medios masivos se extingue porque se diluye en la multitud. Cada individuo lleva hoy en sus manos una estación portátil de producción y emisión de noticias. Puede filmar, fotografiar, escribir y publicar, simultánea e inmediatamente, en todo el mundo. Y sin proponérselo, y acaso sin pensarlo siquiera, allí produce periodismo. 
Si la noticia es buena, impacta, se viraliza… y allí detrás vienen los grandes medios a levantarla o comentarla… pero ya detrás… ya intermediarios innecesarios… ¿cuánto podrán sobrevivir?
En los últimos cinco años The New York Times consiguió mantener su renta, no subió ni bajó. En el mismo lapso, Facebook la aumentó año tras año.
Hay otro hecho sustantivo: ningún medio del mundo, por famoso, antiguo o prestigioso que sea, consigue todavía hacer rentable su edición digital. Todos viven, sobreviven, aún, de la edición en papel. Que cae sin parar año tras año en todo el mundo. Otro hecho.
Desde luego, conforme caen las ventas, y por efeccto simpatía, caen los ingresos publicitarios, en paralelo la inversión interna, y por lo tanto los recursos, el personal, los sueldos… las redacciones se achican, se comprimen, se “ajustan”, el redactor acorralado acapara cada vez más trabajo, en tanto cede medios y tiempo para realizarlo, y así el producto se apura y se resiente, se abarata… En consonancia, la caída en los sueldos vuelve demasiado caros a los buenos, y la hechura de los medios cae cada vez más en manos de los principiantes, siempre tan voluntariosos, con tantas ganas de aprender, y tan económicos. Es la tormenta perfecta.
Tal es la situación actual de la industria periodística en todo el mundo. Pero en la Argentina es aún más grave. Lo que hasta ahora llamamos “el periodismo argentino” agoniza aplastado entre ese cambio de paradigma histórico que lo vuelve obsoleto sin solución, y un monopolio donde la esencia del buen oficio ya no importa nada. Otra tormenta perfecta.
Y entonces basta una gran tragedia para revelarnos las grandes carencias de una industria en su agonía. La impericia, la desidia, la inmoralidad acaso involuntaria en el apuro por el rating, el cronista que repite la pregunta porque no escucha las respuestas, el movilero que insiste en revolver la herida de su entrevistado porque “el llanto garpa”; el panelista que se anima a una hipótesis que ni siquiera terminó de pensar; el conductor que hoy nos explica un submarino y ayer nomás el último romance de Pampita.
Es la tragedia periodística en la que día a día nos ahogamos todos. 

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domingo, 15 de octubre de 2017

CÉLINE, o el Guernica en palabras...


Aquí estos apuntes extemporáneos en homenaje a uno de los escritores que más admiro porque más me ha enseñado: Céline, el horrible doctor Louis Ferdinand Destouches.
Nunca recomiendo su lectura. 
Céline es un abismo, un maldito irrebatible: no ofrece salidas.
Héroe de la Primera Guerra, condenado por traición a la patria en la Segunda, médico de suburbios, acusado de colabó, exconvicto, renovador de la lengua francesa, y de la literatura universal, es considerado todavía uno de los mejores escritores de la historia.
Pero no es para el lector común. 
Ni el mundo, ni la vida ni la humanidad volverán a ser los mismos después de leerlo. Mejor evitarlo.
Para el aprendiz, en cambio, su lectura es obligatoria. 



El Guernica en palabras




Es un lugar común -o algo peor- extraer Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito y desechar el resto de su obra o reducirla apenas a la prueba escrita de la fatal decadencia de su autor. Este facilismo se debe a que sus dos primeras novelas, sobre todo la primera, mostraban, aún, cierta complacencia con el lector. A partir de allí Celine encarna su propio verbo, y rompe con el público también. Ya no habrá tregua. Leerlo será sufrirlo, basta de goces, de placeres mundanos, de normalidades perimidas. Ya no narra bombardeos: ahora detona su propia prosa.
Dícese que terminó de escribir Rigodón y se murió. La misma tarde.
¿Es posible terminar de escribir una novela un día?... ¿Mucho más cuando uno lo que hace, sobre todo, es estilo?...
Verdadero o falso, allí, en Rigodón, hacia el final de sí mismo, lo grita por última vez: “soy un estilista con tres pares de cojones”.
Y sí.
Hubiese sido muy fácil, para cualquier escritor de su talento, sostener a lo largo de la vida una obra apacible, sin sobresaltos, sin riesgos, contentando a un tiempo al público y por lo tanto a sus editores, sin más esfuerzos que repetir de memoria los muy buenos trucos mostrados en el Viaje. Un escritor sin coraje, se hubiera refugiado ahí, así.
Céline saltó al vacío.
Dinamitó la lengua francesa, y en dominó, la novela toda. Contó el alma de su época concentrada en sí mismo, sin máscaras ni disfraces. Fue la forma tangible del espíritu de Europa, su grito callado a viva voz, pero sobre todo, fue nuevo y fue mejor. No podía sino ser linchado.
Sabía muy bien que lo que no le perdonaban era el Viaje. “El Viaje les molesta… ellos y yo sabemos de qué hablo, todo está allí”. El resto, sus panfletos, sus otros libros, fueron la excusa. La injuria su patíbulo. Su genio su guillotina.  
¿Era nazi? ¿Era colaboracionista? ¿Y por qué entonces Hitler había prohibido sus novelas, y Petain también, así como Stalin?... Proscripto entre proscriptos, con libros aún hoy prohibidos, tantos años después la historia apenas gotea la verdad sobre quién fue de verdad el terrible doctor Louis Ferdinand Destouches.




Condecorado con la Legión de Honor en la Primera Guerra, juzgado por traición a la patria en la Segunda; médico de suburbio con vergüenza de cobrar sus visitas; sospechado de agente de Alemania, voluntario en África para la Sociedad de las Naciones; acusado de vender la Línea Maginot, gran novelista de Francia, “Desgracia Nacional”; su fantasma inasible tampoco nos da tregua… ¿Cuál de todos los que era, fue, es, Céline?
La pregunta subsiste porque su obra venció al olvido.
Es un lugar común o algo peor despreciar la trilogía alemana, las Fantasías danesas, las onomatopeyas, la violencia desganada de sus frases inconclusas, esas metáforas inacabadas latiendo aquí y allá como bombas de tiempo, como minas personales… Vicente Huidobro recomendaba no mencionar las rosas en los poemas, sino hacer que florezcan. Céline lo consigue: cruza Alemania en ruinas, y allí los escombros de su sintaxis, la furia del sonido del caos que lo envuelve, el jadeo de la fuga en los puntos suspensivos de su prosa toda rota.
Ni una coma, en él, era gratuita. Avisa en el prólogo de Guignol´s Band: “El jazz reemplazó al vals, el impresionismo abolió la luz falsa… se escribe telegráfico o ya no se escribe”. Moderno entre modernos, capaz de condensar en cuatro rápidos trazos un espanto eterno, hoy hubiera arrasado en las redes sociales. Pero le tocó ser el cronista del tiempo de los asesinos.... ¿Cómo hacer ese trabajo?... ¿Cómo transmitir, con precisión, semejante delirio?...
No había manera, y entonces la inventó.



El 10 de octubre de 1932 era distribuida por las librerías de París Viaje al fin de la noche. Toda la novela universal envejecía de repente.
Un médico, no un escritor, ni siquiera un periodista, emergía del silencio como la excepción que rompía todas las reglas.
Robert Denöel -asesinado en 1944 en la explanada de Los Inválidos-, lo publicaba. También en breve publicaría a Henry Miller, y entonces le mostró el manuscrito del Viaje y Miller lo leyó y reescribió su Trópico de Cáncer. La guerra destruiría muchas cosas, pero no el Viaje.
Los americanos entraron a París, y lo descubrieron. Nunca más escribirían igual. Miller, Kerouac, Burroughs, Bukowski, inauguraban la prolífica descendencia. Bret Easton Ellis y muchas “novedades actuales”, son hojas apenas de las ramas de ese árbol.
Tal vez por eso, para que no cunda el ejemplo, lo cubrieron de plumas y alquitrán. Pero el ejemplo cundió. De a poco no quedó gran cosa fuera de Céline. “Ya nadie escribe si no me imita”, repetía hacia el final, en su retiro de Meudon. 
Su “pequeño truco” perforaba por todas partes la literatura y el periodismo, el cine y la televisión y la radio, y por retroalimentación, la forma de hablar, y de comunicarse. Lo coloquial, lo llano, incluso lo vulgar, y todo aquello considerado hasta entonces “antiliterario” por excelencia, pasó a ser, de pronto, la mejor forma de escribir, la más directa, la más clara. La más emotiva.
En Conversaciones con el profesor Y, recuerda su invento, y lo subraya: “¡La emoción en el lenguaje escrito!... el lenguaje escrito estaba seco… ¡soy yo el que le devolvió emoción al lenguaje escrito!.. ¡como le he dicho!... ¡un lindo trabajito, se lo juro!... ¡el truco, la magia! ¡que cualquier tarado hoy en día pueda emocionar “por escrito”!... ¡no es nada!... ¡es ínfimo, pero es algo!...”
Detenerse en su avanzada, era sentarse a imitar a sus imitadores. Eligió ir más lejos que todos.
Faltaba todavía para que los beatniks iniciaran la polémica sobre la escritura automática, cuando Céline ya la había consagrado sin renunciar a la orfebrería que es propia del estilista (así como ajena al catártico). Y eso fue mucho para muchos.
Cuando aparece en 1954 la segunda parte de Fantasía para otra ocasión, Robert Poulet –antiguo admirador de Celine- escribe en la revista Rivarol: “El monstruo perdió su agilidad increíble. No hace más que morder todo el tiempo en el mismo lugar, con la masticación formidable y cansina del león enfermo. Para decirlo abiertamente: cansa, aburre”.
Ya no se trataba del maldito Bardamú del Viaje, feroz pero aún romántico, novedoso pero entendible… ya no quedaba nada del cronista por lo menos ordenado de Muerte a crédito. Ahora, en su Fantasía, estallaban sintaxis y estructura, sin ningún respeto por el manejo de los tiempos ni por “las líneas argumentales” ni por el “punto de vista del narrador”, ni más trama y subtrama que su espanto perplejo. Todo voló por el aire. En pleno relato el narrador es atropellado por el escritor, que allí viene a contarse, o que más bien somete al narrador para que lo cuente en un juego de espejos con el punto de vista, que resultó demasiado para muchos. Mucho al menos para Poulet.
¿Pero qué busca Céline con todo eso?...
Quiere contarnos sus días en la cárcel de Vestre Faengsel, en Conpenhaguen; su pelagra, sus fiebres, el frío que sufre en ese pozo condenado entre fantasmas durante 18 meses. Después lo indultan, sí, pero después. Mientras tanto espera la muerte, sus bienes son embargados, la BBC lo señala como Enemigo Público, Sartre, su admirador, lo apunta. Eso nos cuenta ahí, así, con esa prosa y esa estructura descoyuntadas, y esa especie de pesadilla hablada tan difícil de aguantar, de soportar, como la cárcel, como la decepción, como la pelagra, como el resentimiento, el hambre, como los 30 grados bajo cero y su condena a muerte…
¿Y aún así pretendía vender?...
En sus libros el autor y el narrador dicen que sí. Pero su obsesión con el estilo y el lenguaje, los desmienten todo el tiempo.
Insiste y vuelve y vuelve sobre el mismo punto. Habla de su “pequeño invento”, de su “truquito”. Busca ejemplos que mejor lo grafiquen: el subterráneo desbocado, el palo doblado para que parezca recto bajo el agua, quiere explicarlo, subrayarlo, distinguirlo, no cree en los hombres, y teme que por bestias no lo notemos. Exageraba. Era, cómo no, un paranoico. Los hombres sin demora se dieron cuenta. No se lo decían a él porque temían la foto a su lado, la asociación indecorosa con aquel nazi despreciable. Juzgado en ausencia, Francia ya lo había declarado “Desgracia nacional”.



Su “pequeño truco” era tan grande que iba a volverlo inmortal. Como la rueda o la cuchara, se trataba de un invento a la vez sencillo y contundente. Céline conecta por primera vez el habla popular con la literatura de alto vuelo, y planta frente a las academias, como una bandera pirata, esa verdad que hasta entonces reptaba sigilosa por los folletines más baratos. Homero Manzi diría: “no era un hombre de letras, hacía letras para hombres”.
Si se piensa que en la Argentina, por ejemplo, hasta 1944, el uso del lenguaje lunfardo, del che, del vos, y el tuteo nacional estuvieron oficialmente prohibidos por ley en las radios y los medios y en el cine; que bien entrado ya el siglo XX Roberto Arlt y Nicolás Olivari todavía peleaban con los críticos cada giro coloquial que osaban escribir; tal vez se pueda medir mejor lo que en 1932 desata Céline cuando publica el Viaje. Una literatura popular, no tenía por qué ser precaria. Un lenguaje moderno, podía sostenerse en una cadencia clásica. Pero era imposible hacer todo eso con la sintaxis oficial. Y Céline no se engaña: en el arte sólo el fin justifica los medios.
El arte debe producir belleza, pero esa belleza no es tal si no conmueve, si no provoca risa, dolor o reflexión. Céline consigue, a un tiempo, todo. Botón de muestra:
“En la compañía Podrèdière, del pequeño Togo, trabajaban, al igual que yo, otros negros y blancos de mi estilo. Los negros sólo funcionan a fuerza de cachiporrazos, en suma, mantienen su dignidad. Los blancos, amansados por la instrucción pública, marchan solos”.
Belleza, risa, dolor y reflexión. Arte del más elevado. Literatura. Y con ese lenguaje que todos hasta entonces despreciaban, o temían. El pequeño truco era un invento magnífico. Un descubrimiento. Un médico lo había logrado. Un científico. Esperar que se detuviera allí, era ignorar su naturaleza. Si el experimento había funcionado… había que avanzar, profundizar, hundir el escalpelo.
Muerte a crédito pierde ese tono lírico del Viaje, y de a ratos el orden cronológico de su acción, la corrección técnica del punto de vista. Céline se adentra. Prueba. Experimenta. Su siguiente obra, Guignol´s band, comienza con una extensa onomatopeya. Por eso avisa: “se escribe telegráfico o ya no se escribe”.
Luego París será liberado, la guerra no termina, y él, sospechado por izquierdas y derechas, debe huir, con su mujer y su gato. Entre España y Dinamarca, elige Dinamarca, y se equivoca.
Apenas llega lo detienen y lo encierran en el pabellón de los condenados a muerte. Dos años después un día lo indultan y lo sueltan, a pedido de Henry Miller, de René Barjavel y de otros que reclaman “por uno de los más grandes renovadores de la novela junto a James Joyce”, dice el alegato. Sale pero no vuelve a Francia. Serán entonces los años de ese bosque danés reseco por el frío, con su mujer y su gato en esa cabaña con piso de tierra apisonada. Cinco años. Allí escribirá en silencio los gritos que le quedan.
De regreso de la cárcel y de la muerte, enfermo, hundido en el oprobio, la miseria y el destierro, sin nada que esperar, desesperado o fatal, Céline se interna de una vez por todas en las tinieblas de su propia prosa. Los ojos ciegos, fijos. No teme. Sabe en quién se confía. En él.



Mientras el narrador del Viaje parece cómodamente sentado en algún lugar de su derrota; al de las Fantasías danesas, al de la trilogía alemana, lo imaginamos más bien tomando apuntes apurados mientras escapa bajo las bombas entre edificios que se desmoronan. No hay tiempo para bordados, diría Arlt.
El delirio que ve le ofrece su propia dinámica, y Céline la toma. No construye escenas con palabras, más bien monta las palabras sobre los hechos que narra. El caos, su incoherencia, la magna imbecilidad y su vacío. Son golpes secos, duros, muchos veces innecesarios. Imprime la emoción en la página. Si pudiera hacerlo sin palabras, igual sería literatura. Parece entrar a la frase con cierta voluntad, cuando de pronto la abandona, como cansado o arrepentido, sin molestarse siquiera en tacharla, y es justamente ahí, en ese quiebre, donde el silencio resuena como un grito. Urgido, desbordado por el pandemónium que lo envuelve, corre tras el horror, intenta asirlo… pero el horror arde en sus manos y lo suelta, y otro hecho, más horrores, se le imponen, lo desbaratan... No es un viaje al fin de la noche: es el fin de la noche. Ningún artificio.
En 1952 vuelve a Francia. Perdonado por la justicia, vivirá con el badajo de colabó colgándole del cuello hasta la muerte. Pero vuelve igual. Ama Francia, y sobre todo, dice, ¡la lengua francesa!
Se instala en Meudon, en las afueras de París. Allí morirá en 1961, pero antes va despachar la trilogía alemana: De un chateaux l´atreu (algo así como De un castillo el otro, y no De un castillo al otro, como fue traducida al castellano), Norte, y Rigodón.  Acosado por la supervivencia, la vejez, las injurias, las acusaciones, las sospechas, las secuelas de la guerra y de la cárcel, igual no se entrega. Un par de sus mejores viejas piruetas le permitirían vender lo suficiente, pero no… siguió buscando la emoción, no las ventas. Reeditan el Viaje, lo incluyen en la Pléyade, es uno de los pocos autores vivos allí, pero sus nuevos libros desconciertan, y sus editores lloran y le lloran, mientras Celine experimenta sin parar. Un estilista con tres pares de cojones.
No importa –no le importa- a dónde va a llegar. Le importa que el túnel abierto se extiende, se adentra… Ve que hay más, que todavía existe otra forma de electrificar la frase, y prueba, insiste, no se detiene.
Ahora lo edita Gallimard, y en sus propias páginas cuenta que el propio Gallimard le recrimina sus pocas ventas, su gracia extinta. Dice que le pide el Viaje, más de eso. De lo mismo que ya fue. La sensación del lector es que Céline escucha el reclamo y de buena gana lo acataría, pero que ya no puede parar, que su propia escritura lo arrastra y se lo lleva, lo obliga a narrarse. El túnel que abrió, ahora se lo traga.
Los tiempos superpuestos, los puntos de vista que mudan, se cruzan, sus voces que se chocan, y esa velocidad propia del pánico que cuenta, consiguen en su conjunto un texto estrictamente poético, aunque compuesto con la prosa más prosaica. En blanco y negro y sus gamas de grises, ningún color, ninguna forma terminada, todo roto, fragmentos de lo que hubiese sido o era, retazos de relatos mutilados, el esplendor del espanto y su tragedia… Algo así como el Guernica de Picasso, pero resuelto nada más que con palabras.
Desde luego el lector que se asoma a Céline esperando un relato convencional, que se entienda por sí solo, que nos sirva bien ordenado, por ejemplo, el desastre inasible de una guerra, es un lector que a Celine dejó de interesarle allá por El Viaje, al salir de Muerte a crédito… “El autor no hace favores”, dice el cartelito que falta a la entrada de sus siguientes libros. 
Entonces vienen los aciertos y los despropósitos, los grandes logros, y los intentos monumentales desbaratados por su propio peso. El lector desprevenido, así, es acosado, confundido, de a ratos maltratado, y, o bien se entrega, o bien abandona.
En un pasaje de Fantasía para otra ocasión, la rueda del relato se detiene de golpe, el autor aparta al narrador, y le escupe al lector en la cara: “Y tú… ¿eres arquitecto, o escombros?”. Ya no hay piedad. El lector no importa. El aprendiz tal vez.
El aprendiz, el buen aprendiz, no puede –no debe- dejar de preguntarse por qué un hombre capaz de Viaje al fin de la noche, más aún: por qué un hombre capaz de arrancar su travesía literaria con Viaje al fin de la noche, al cabo de sus días, ya grande, ya maduro, ya dueño de toda su técnica, hace una cosa así… así como las Fantasías, como la trilogía alemana…
¿De verdad se ha vuelto loco, como insisten en repetir sus detractores, los que no lo quieren, no lo entienden, o no pueden superarlo?… ¿De verdad está terminado, y lo que hace es repetirse, imitarse sin suerte, agotado?...
No. Eso es un lugar común, o algo peor.
Céline no se imita. Al contrario: antes más bien se inmola. Sabe que caerán sobre él, que lo darán por acabado, que lo esperan hace mucho. Pero eso tampoco le importa.
La crítica, sus colegas, la opinión pública, la coyuntura, lo contemporáneo. Rimbaud diría: “los placeres mundanos lo han abandonado”.
Es médico otra vez. De suburbio siempre. Tiene unos pocos pacientes, algunos ni saben quién es, otros no lo recuerdan, y un par también lo admiran. Y la mayoría tampoco le paga. A veces. Le sigue dando vergüenza cobrarle a un enfermo por mucho que se lo cure. El horrible.
En la superficie de su trilogía alemana está el relato de su fuga hacia Dinamarca a través del IIIº Reich que se derrumba sobre su cabeza. Sí. Y la decadencia de la aristocracia jerárquica de ese IIIº Reich. También. Y más: predice la desaparición de esa vieja Europa que -avisa- “se terminó en Stalingrado”. También eso nos cuenta. Es el cronista.
Pero bajo la superficie del relato, está lo que de verdad sucede en el relato. Una vez que el lector –ya prevenido- le permite a Céline su escritura, lo que sucede es otra cosa. Complicados con Céline –ya no un alter ego, ya él- acompañamos su fuga y vemos con él los pliegues y repliegues de las miserias humanas, la codicia, la envidia, el egoísmo, la maledicencia, el miedo, la ausencia manifiesta del amor, en suma y en esencia: las raíces reales de todas las guerras que en el mundo han sido y serán.
Y eso es lo que surge como un vapor hediondo de su prosa extraviada. Allí está todo sin subterfugios, artificios ni concesiones. No hay héroes, ni villanos, apenas los hombres, las mujeres. Nosotros. Allí lo imperdonable de Céline: nosotros.
Hasta donde una pieza literaria puede considerarse “acabada”, la leyenda insiste con que Céline terminó Rigodón, novela que cierra la trilogía alemana, la mañana del primero de julio de 1962, y que esa tarde se murió. De un derrame cerebral.
De ser así su última escena anuncia a los chinos entrando en Cognac. No los rechaza, no opina, avisa, describe. Es el cronista. No se lo perdonaron nunca. Hoy los chinos están en Cognac.
Se autoproclamaba cronista. Lo fue. Su enorme literatura es apenas una consecuencia lateral de su verdadero objetivo: contar su tiempo. Pero no decirlo, escribirlo, sino exactamente trasmitirlo. De a ratos lo consiguió, de a ratos la fritura de la interferencia fue mayor, pero aún entonces, siempre estuvo más cerca que nadie de lograrlo. Y allí sigue todavía: más cerca de lograrlo que nadie.
Es un lugar común extraer Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito y desechar el resto de su obra o reducirla apenas a la prueba escrita de la fatal decadencia de su autor.
Un lugar común, o algo peor. Es como decir que el autor del Guernica era el loco, y no Francisco Franco cuando ordenó ese bombardeo. 








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